Horas más tarde, ya en la noche, Isabella se encontraba en la habitación. Su mirada estaba enfocada en sus manos sobre su regazo. Sus ojos estaban secos después de tantos días llorando. Pero ahora, su mirada no estaba perdida. Sabía bien lo que tenía que hacer.
Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—¿Puedo pasar? —dijo Sebastian, su voz resonando suavemente en el aire.
—Por supuesto —respondió ella, apresurándose a ajustar el albornoz en su cuerpo, sintiendo una mezcla de nervios y