Los años habían pasado, y con ellos, la intensidad de los miedos, las sombras de las amenazas, y la necesidad de vigilancia constante. Para Sebastián, cada amanecer era un recordatorio de que podían vivir de otra manera. Carlos no había vuelto; no había mensajes, no había rastro, nada que justificara siquiera un sobresalto. El mundo parecía haberse tragado al hombre que había gobernado sus vidas durante tanto tiempo.
Sebastián se despertaba cada mañana con un sentimiento extraño: alivio y duda