Esa noche, Carlos no volvió a casa. No llamó. No explicó. Yo no pregunté. Me senté en la cama, completamente vestida, y me di cuenta de algo que me atravesó con una claridad brutal: si él se iba, no me quedaba nada.
No un lugar, no un nombre, no una versión sólida de los hechos. Todo lo que había construido dependía de que Carlos siguiera viéndome como parte de su mundo. Y ya no estaba segura de que eso siguiera ocurriendo.
Por primera vez desde la muerte de Eva, sentí algo parecido a vértigo.