Después de la muerte de Eva, el mundo no se detuvo.
Al menos no para mí.
Eso fue lo primero que me desconcertó. Yo esperaba un silencio más largo, un respeto prolongado, una especie de pausa universal. Algo que justificara la gravedad de lo ocurrido. Pero no. La gente siguió viviendo con una rapidez ofensiva. Los días avanzaban con normalidad, las llamadas se espaciaran, las visitas dejaron de llegar.
El duelo tiene fecha de caducidad cuando no te pertenece.
Al principio todos querían saber cómo estaba. Me miraban con cuidado, como si fuera frágil, como si pudiera romperme si alguien formulaba mal una pregunta. Yo cumplía mi papel con exactitud: voz baja, ojos cansados, respuestas breves. Nadie dudaba de mí. Nadie tenía razones para hacerlo.
Pero el interés se fue diluyendo.
Noté el cambio en cosas pequeñas. Personas que antes se quedaban a tomar café ahora se excusaban pronto. Conversaciones que se desviaban hacia otros temas con una rapidez incómoda. Nadie quería quedarse demasiado