—Maldita sea— Gruño, apretando mis manos en puños a mis costados
Los recuerdos me atormentaban todo el tiempo.
Siempre supe cuándo alguien dejaba de mirarme.
No era intuición femenina ni paranoia, como después me acusaron. Era una capacidad entrenada. Afinada desde niña. El instante exacto en que una mirada se desliza hacia otro punto, cuando el interés se repliega, cuando la presencia ya no pesa. Hay un segundo preciso —mínimo— en el que el mundo te suelta. Yo aprendí a detectarlo antes de que