—Maldita sea— Gruño, apretando mis manos en puños a mis costados
Los recuerdos me atormentaban todo el tiempo.
Siempre supe cuándo alguien dejaba de mirarme.
No era intuición femenina ni paranoia, como después me acusaron. Era una capacidad entrenada. Afinada desde niña. El instante exacto en que una mirada se desliza hacia otro punto, cuando el interés se repliega, cuando la presencia ya no pesa. Hay un segundo preciso —mínimo— en el que el mundo te suelta. Yo aprendí a detectarlo antes de que doliera.
Por eso sobreviví tanto tiempo.
Mi nombre es Bella Millán. Durante años fue suficiente con decirlo para que otros corrigieran la postura, bajaran la voz, midieran las palabras. No porque yo fuera poderosa por mí misma, sino porque estaba bien colocada. Y en ciertos mundos, eso es todo.
No nací especial. Nací atenta.
Mi infancia no fue trágica, pero tampoco fue blanda. Mi madre cumplía. Mi padre estaba. No recuerdo golpes ni gritos, recuerdo algo peor: indiferencia funcional. Una casa d