La primera noche en prisión no lloré.
Eso me sorprendió.
Había imaginado ese momento de mil maneras distintas: derrumbada en el suelo, temblando, gritando por dentro, suplicando en silencio. Nada de eso ocurrió. Me senté en la litera inferior, con la espalda recta, las manos apoyadas sobre los muslos, y observé el espacio reducido como si fuera una habitación que debía memorizar.
«Esto no es real» pensé.
Esto no puede ser real.
La mente se aferra a la negación cuando la realidad es demasiado abr