La primera noche en prisión no lloré.
Eso me sorprendió.
Había imaginado ese momento de mil maneras distintas: derrumbada en el suelo, temblando, gritando por dentro, suplicando en silencio. Nada de eso ocurrió. Me senté en la litera inferior, con la espalda recta, las manos apoyadas sobre los muslos, y observé el espacio reducido como si fuera una habitación que debía memorizar.
«Esto no es real» pensé.
Esto no puede ser real.
La mente se aferra a la negación cuando la realidad es demasiado abrupta. Yo siempre había tenido control sobre mis entornos. Incluso en los peores momentos, sabía cómo mover piezas, cómo ganar tiempo, cómo cambiar la narrativa. Aquí no había piezas. No había narrativa. Solo un número asignado a mi nombre.
«Bella Millán» me repetí en silencio. «No eres esto. No puedes ser esto.»
El olor era lo primero que incomodaba. Metal viejo, humedad, cuerpos resignados. El sonido constante de puertas cerrándose en otros pasillos me producía una tensión involuntaria en los h