Un nombre en un informe. Una mención cruzada. Un indicio de que seguía viva, activa, fuera de nuestro alcance. No sentí rabia. Sentí una humillación profunda. Mientras todo se desmoronaba, ella había sobrevivido. Se había reconstruido. Había seguido adelante.
Yo no.
Mi mundo se estaba reduciendo a paredes que se cerraban lentamente. Audiencias. Cargos. Investigaciones formales. La cárcel dejó de ser una posibilidad abstracta para convertirse en una fecha aproximada.
Carlos reaccionó huyendo hacia adelante. Yo reaccioné intentando contener el daño.
Ambos fracasamos.
La caída no fue espectacular. No hubo una noche de fuego ni una traición final. Fue un desgaste metódico. Un desmontaje paciente. El imperio se desarmó pieza por pieza hasta que solo quedaron los nombres. Y los nombres, sin estructura, no valen nada.
Cuando entendí que no había salida, que ninguna estrategia podía revertir el curso, sentí por primera vez algo cercano al pánico. No por la prisión. No por la pérdida de estatu