El poder no llega como un trueno.
Se instala como una costumbre.
Un día te das cuenta de que nadie cuestiona tus decisiones. Que las conversaciones se detienen cuando entras en una habitación. Que los nombres importantes esperan tu aprobación antes de avanzar. No hay coronación. No hay anuncio. Solo una transición silenciosa en la que el mundo empieza a organizarse alrededor de tu voluntad.
Yo no me convertí en la “reina” del clan Millán porque Carlos me lo concediera, incluso antes de él yo ya lo era. Me convertí porque nadie más podía ocupar ese lugar sin provocar un desequilibrio. Yo era el centro estable. La figura que no dudaba. La que entendía que el poder no se ejerce con ruido, sino con continuidad.
Carlos se volvió un hombre temido por nuestros adversarios.
Yo era inevitable.
Mi presencia convertía lo ilícito en presentable. Lo brutal en necesario. Lo impensable en estrategia. Aprendí a leer contratos, a interpretar silencios legales, a mover dinero como si fuera un idioma má