Nunca fui una niña invisible.
Eso es lo que más le molesta a la gente cuando intento explicarlo.
No crecí ignorada, ni pobre, ni rota. Me miraban. Me escuchaban. Me cuidaban. Pero nunca fue suficiente. Porque lo que yo necesitaba no era atención: era centralidad. No quería estar incluida; quería ser el eje. No deseaba afecto; exigía devoción.
Mi madre decía que yo era intensa.
Mi padre, que era “demasiado”.
Aprendí pronto que “demasiado” era una palabra que se usaba cuando alguien no sabía cómo manejarte. Así que decidí algo muy simple: si iba a ser demasiado, lo sería de forma innegable.
A los quince años ya sabía leer las miradas. Sabía cuándo una mujer se sentía amenazada y cuándo un hombre se sentía poderoso por tenerme cerca. Sabía modular la voz, el silencio, la sonrisa. No coqueteaba: convocaba. No seducía: dominaba.
Carlos fue el primero que no intentó reducirme. Realmente parecía que veía a través de mi.
«Y desde luego fue así» Bufe cuando el pensamiento paso por mi mente. Él