Nunca fui una niña invisible.
Eso es lo que más le molesta a la gente cuando intento explicarlo.
No crecí ignorada, ni pobre, ni rota. Me miraban. Me escuchaban. Me cuidaban. Pero nunca fue suficiente. Porque lo que yo necesitaba no era atención: era centralidad. No quería estar incluida; quería ser el eje. No deseaba afecto; exigía devoción.
Mi madre decía que yo era intensa.
Mi padre, que era “demasiado”.
Aprendí pronto que “demasiado” era una palabra que se usaba cuando alguien no sabía cómo