A la media hora el timbre de su casa suena, ella abre y su hermana aparece en el umbral de su puerta retorciéndose las manos.
—¿Por qué no podías darme un adelanto por teléfono? —se queja su hermana pasando por al lado de ella como un torbellino.
—Porque como te dije por teléfono, ni siquiera lo abrí —Noe cierra la puerta y sigue a su hermana—. Quería que lo abrieras primero —le explica.
—No doy más de los nervios —su hermana la mira casi suplicante.
—Debes calmarte, Euge —le pide con suavidad