BORIS
El teléfono vibró sobre la mesa y yo casi no miré.
Otra llamada cualquiera, pensé, otro nombre inútil. Pero cuando contesté, cuando esa respiración temblorosa llenó la línea, supe que no era cualquiera.
Supe que era ella. Nikita.
Un susurro quebrado, apenas un segundo de sonido, pero fue suficiente para destruir todo lo que había construido desde que la enterré en mi mente.
Mi pecho se tensó como si alguien me hubiese arrancado los pulmones de cuajo. Durante meses maldije a cualquiera que