Elena caminaba a paso lento, sosteniendo una canasta de frutas entre sus brazos. Su rostro lucía más radiante que de costumbre; desde luego, se debía a que estaba de muy buen humor.
Despacio, abrió la puerta de la habitación de Aria. Hacía ya un tiempo que no la visitaba. A decir verdad, Elena la extrañaba. Siempre le preguntaba a Anne por su estado de salud, y se sentía profundamente agradecida porque, según le decía Anne, Aria mejoraba paulatinamente.
—¡Buenos días! —saludó a los padres de Ar