—¿Por qué no te quedas a pasar la noche, cariño? —preguntó Anne, acariciando suavemente el cabello de Aria, su única hija.—No, mamá. Mejor me voy a casa —dijo Aria, frotándose con ternura el vientre, que cada vez estaba más grande.Estaba casi en su noveno mes de embarazo, a punto de dar a luz. Aria moría de ganas de conocer a su bebé, que según las predicciones, sería un niño.—Pero es muy tarde. —Anne seguía reacia a dejarla ir, a pesar de que ya estaban en la terraza. Incluso el coche que llevaría a Aria estaba estacionado al pie de la escalera.—Hay un chofer, mamá. Además, ya sabes que no me gustan mucho los alborotos —dijo Aria, dando la razón más lógica. Sabía que, de lo contrario, Anne no la dejaría marcharse.—Es verdad —asintió Anne finalmente.—Está bien, entonces. Pero en cuanto llegues a casa, no olvides llamarme de inmediato.—Sí, mamá. Ya me voy.—Ve con cuidado.El coche que transportaba a Aria salió del enorme jardín familiar. No pasó mucho tiempo antes de que llegar
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