ALEXANDER HAMPTON
El olor a panqueques quemándose levemente me sacó de mi incómoda siesta en el sofá. Abrí los ojos y el humo sutil que flotaba en el aire me puso en alerta instantánea. Salté del sofá, ignorando el dolor de espalda por haber dormido ahí, y corrí a la cocina.
— ¡Apollo! ¿Qué dije sobre la temperatura del fuego?
Apollo estaba de pie sobre un banquito frente a la estufa, con una espátula en la mano, mirando un panqueque negro y humeante en la sartén con una expresión de pura decep