LEAH HAMPTON
El sonido del monitor cardíaco pitando rítmicamente a 85 latidos por minuto era la cosa más hermosa que había escuchado en toda mi vida.
Cuando el equipo del quirófano finalmente se hizo cargo y se llevó a mi paciente de apenas 15 años al piso de arriba, sentí como si alguien hubiera cortado las cuerdas que mantenían mi cuerpo en pie.
Miré el reloj en la pared manchada de sangre seca. 07:15 de la mañana.
Debí haber salido a las diez de la noche de ayer. Veinticinco horas. Llevaba d