STELLA HARPERMiraba fijamente la prueba de embarazo sobre la encimera, repitiéndome una y otra vez: «Para, Stella, no puede ser, no es posible».Llevaba semanas engañándome a mí misma, pero el retraso, los mareos, las náuseas… ya se habían convertido en rutina.Al final, no aguanté más.Tres meses atrás había firmado un contrato con Damian, mi jefe.En ese contrato me comprometía a satisfacer sus necesidades sexuales en absoluto secreto y con la condición de tomar anticonceptivos de forma regular para evitar cualquier embarazo. Si ocurría un embarazo, tendría que pagar diez veces el valor que él me pagaba: una suma imposible para mí, que aún luchaba por saldar las deudas de juego de mi padre fallecido.El recuerdo de la noche anterior todavía ardía bajo mi piel.Cerré los ojos y, por un instante, volví a ser arrastrada a aquella habitación. El olor de él seguía impregnado en las sábanas, la penumbra rota solo por la luz débil de la lámpara, la respiración agitada que llenaba el silen
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