ELIZABETH WINTER
— Señorita Winter, queda usted arrestada.
Mi cerebro hizo un cortocircuito. Fui golpeada por una ola de incredulidad tan fuerte que casi me río.
— Un momento. — Cerré la puerta por un segundo. La cadena se deslizó y respiré profundo, contando hasta tres, antes de girar la manija y abrir la puerta por completo.
Ahí estaba. Alexander Hampton. En toda su ridícula gloria.
Alex llevaba puesto el disfraz de policía más sexy que el dinero podía comprar. La camisa de manga corta era de