ALEXANDER HAMPTON
La sangre que debería estar en mi cerebro se fue toda para el sur.
Debajo de la bata sencilla había una lencería complicada y agresivamente sexy.
Era roja. Un rojo profundo, color sangre, que hacía que su piel pálida pareciera porcelana.
El sujetador de encaje empujaba sus senos hacia arriba y hacia afuera, haciéndolos ver pesados y llenos, con tiras finas subiendo por su pecho hacia el cuello. Abajo, una braguita de encaje diminuta que apenas cubría algo. Y, como si eso no fu