Cuando el auto de Bruno se acercó a la entrada de la mansión, Asha se reclinó un poco en el asiento, cansada, todavía temblando por todo lo ocurrido en el concurso.
Pero al mirar hacia adelante, su cuerpo se tensó de inmediato. Sus ojos se abrieron con sorpresa, y por un instante, pensó que su vista le jugaba una mala pasada.
Bruno frenó en seco al ver lo mismo.
—¿Qué demonios…?
Allí, frente al gran portón de hierro forjado de la mansión, de rodillas sobre el empedrado frío y sucio, estaba Iker