—¡Asha! —rugió Iker mientras sujetaba con fuerza el brazo de la otra mujer.
Había ira en su mirada. Una ira que no estaba dirigida a Asha, sino a Belén, que temblaba como una hoja, aun con las mejillas ardiendo por la bofetada. Las lágrimas le corrían por el rostro, pero no eran de tristeza. Eran de pura rabia.
—¿Por qué has hecho esto? —espetó Iker, fulminando a Asha con la mirada.
La mujer, en vez de alterarse, se limitó a alzar el rostro y sonreír apenas, como si todo aquello no fuera más que