Al día siguiente.
Federico recibió el video de seguridad en su oficina, y apenas lo reprodujo, sus ojos se llenaron de furia contenida.
La imagen de los hombres armados, apuntando sin piedad, disparando a matar, hizo que apretara los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—¡Quiero que encuentren a estos tipos! —gritó, su voz temblando de rabia—. ¡Pagaré lo que sea necesario! ¡Solo quiero que me los traigan!
Su asistente lo miró con preocupación, pero asintió sin dudar.
—Contactaré a s