—¡Tú no eres el señor chofer, eres malo! ¡Mami, mami! —gritó Asha, con la voz quebrada por el miedo, mientras su pequeño rostro se transformaba en una mueca de angustia.
Las lágrimas comenzaron a brotarle de los ojos como si una compuerta se hubiera roto en su interior.
Federico, con un gesto torpe y el alma en vilo, detuvo el auto a un lado del camino.
Giró lentamente en su asiento y la miró con cuidado, temiendo que cualquier palabra pudiera espantarla aún más.
—No soy el señor chofer, cariño…