Justo cuando Aranza se disponía a cruzar el umbral de la iglesia, dos hombres corpulentos le bloquearon el paso sin decir palabra.
Ella frunció el ceño, incrédula.
—¡¿Qué hacen?! ¡Apártense! —exclamó, intentando abrirse paso con empujones.
Pero no la dejaron. En lugar de eso, uno la sujetó de un brazo con fuerza mientras el otro abría la puerta trasera de un auto negro estacionado junto a la acera.
—¡Suéltenme! ¡No tienen derecho! —gritaba con desesperación mientras la arrastraban.
—Tiene que ac