Federico estaba en shock.
—¿Señor Durance, está bien?
La voz de su subordinado parecía llegar desde un túnel lejano, distorsionada por la conmoción que retumbaba en su mente. Federico apenas pudo mover la cabeza para asentir, sus labios secos, la garganta cerrada por la emoción.
—Puedes irte —murmuró, sin mirarlo siquiera.
El hombre obedeció sin hacer preguntas, saliendo con discreción y cerrando la puerta tras de sí.
Apenas se fue, Federico se desplomó en la silla como si el peso del mundo le h