Melissa volvió a casa al caer la tarde.
Afuera, el cielo estaba teñido de nubes grises y el aire olía a tierra húmeda, como si el mundo también compartiera el peso que ella cargaba en el pecho. Al entrar en la mansión, su mirada se desvió hacia la sala, donde su abuelo conversaba con Sebastián, en un tono tan íntimo que por un segundo dudó si debía interrumpirlos.
—Te pido que se queden aquí, Sebastián —dijo el anciano con voz cansada, quebrada por los días difíciles—. Por ahora, necesito que Me