Melissa miró la pantalla del teléfono con el ceño fruncido y una opresión que le apretaba el pecho.
Un mal presentimiento se deslizaba como una sombra por su espalda.
Estaba en la habitación del hotel, sentada al borde de la cama, con las sábanas todavía desordenadas por la noche que había compartido con Sebastián.
Pero el calor de esos recuerdos no bastaba para disipar la inquietud.
No recordaba con claridad cómo habían llegado ahí, solo sabía que se había dormido abrazada a él, con el cuerpo a