Los gritos subieron de tono. Federico y Sebastián se enfrentaban con una rabia contenida que había explotado sin remedio. La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
—¡Todo esto es tu culpa! —bramó Sebastián mientras se lanzaba sobre Federico, tomándolo del cuello con ambas manos—. ¡Tú trajiste todo este caos! No puedes cuidar a Ellyn, conmigo nunca le pasó nada malo.
Federico forcejeó, sus ojos inyectados en sangre, pero no por el ataque, sino por el miedo visceral que sentía