—Quiero estar sola… —murmuró Melissa, su voz apenas un susurro cargado de dolor.
Julián se acercó con cautela, como si aún tuviera esperanzas de consolarla.
—Pero, señora… yo… —exclamó Julián
—¡Te dije que me dejes sola! —gritó con un tono desgarrado, apretando los puños sobre las sábanas del hospital. Su rostro, pálido, se contrajo en una mueca de tristeza y rabia contenida.
Julián bajó la cabeza, fingiendo resignación.
Se volvió con lentitud, cerrando la puerta a su espalda con una expresión q