Al día siguiente.
Melissa llegó hasta ese departamento con el corazón encogido.
Cada paso que daba era una súplica muda.
Llamó a la puerta y esperó, temblando. No tardaron en abrirle. Era la empleada, que, al verla, se alarmó de inmediato.
—¡Señorita, no puede pasar! Tiene la entrada prohibida —intentó cerrarle el paso, pero Melissa la esquivó.
—¡Por favor! Solo quiero hablar con él —suplicó.
Clark estaba en la mesa, tomando café como si el mundo no se estuviera derrumbando a su alrededor.
Al ve