Aranza dio media vuelta y se fue sin decir una sola palabra más.
El sonido de sus tacones alejándose resonó como una sentencia en el aire denso del salón.
El silencio que dejó tras de sí fue tan pesado que casi podía palparse. Nadie se movía. Nadie respiraba.
Sebastián se giró con desesperación hacia Ellyn, la tomó de los hombros, sus dedos temblaban.
Sus ojos buscaban respuestas en el rostro de ella como si temiera que se desvaneciera de repente.
—¡Ellyn! ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué te hicieron?