3:40 p.m.
Anastasia había permanecido en silencio casi todo el día. Matilde, atenta desde su rincón, la observaba con preocupación. No quería suponer que doña Amelia había empeorado, pero conocía bien esa quietud cargada de tormenta. Suspiró. Si algo sabía Matilde era reconocer el dolor de una mujer, incluso cuando se ocultaba bajo pretensiones y falsas sonrisas.
—Ana… ¿Te tomas un café conmigo? —le propuso con dulzura.
—Gracias, Matilde, pero aún no termino.
—Has pulido esa mesa tres veces en