Hilda Duarte de León no dudó ni un instante antes de acercarse al lugar donde entrevistaban al ganador. Lo observó detenidamente, con lentitud, convencida cada vez más de que aquel joven poseía los mismos ojos que su difunto padre, hasta en los gestos.
—Dios mío… sus ojos —murmuró, casi hipnotizada por aquella mirada única.
Quien escuchara a Hilda podría pensar: “Existen otras personas en el mundo con ojos grises”. Pero este no era el caso. Había diferencias, sutiles pero evidentes, porque incl