Capítulo 11.

Sumergida en una pesadilla interminable, vi a los lobos que pretendían atacar al extraño que pedía mi ayuda. El que más resaltaba era el del pelaje negro. Sus ojos grises, de forma almendrada, tendían a estar más pegados a la cara e inclinados. Estos dos destellos intermitentes me analizaban sin parpadear. Aquella expresión amenazante y fija, formaba un ángulo de 45 grados que se extendía desde los ojos hasta las orejas. El ágil animal percibió que yo estaba en modo protector de mi acompañante
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