ADAM
Estupefacto, no pude creer que estuviese aquí, había un alivio abrazador, pero también una punzada de culpa. Sin pensarlo siquiera me lancé para abrazarlo, su cuerpo se tensó, lo retuve a la fuerza, alejándolo un poco de mí.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —lo retuve por los hombros.
Su rostro estaba diferente; ahora llevaba barba, profundas ojeras y la piel de las mejillas casi pegadas al hueso.
—También te extrañé hermanito—sacudió sus hombros para alejarse de mi
—¿Qué haces aquí?
—