La lluvia caía como un susurro continuo sobre el alféizar de la ventana, y el reloj del comedor marcaba la medianoche. Abril sostenía una taza de té frío. No podía dormir.
Su madre había estado extrañamente silenciosa desde que llegó. La había recibido con un abrazo tibio y una mirada que escondía algo. Como si tuviera entre manos una bomba que no sabía cómo desactivar.
—Hay algo que me pidió entregarte —dijo por fin, con voz baja.
Abril frunció el ceño.
—¿Quién?
—Leonard.
El nombre le cayó com