Él la sostuvo y acarició el dorso de su mano, con una delicadeza que parecía impropia de sus dedos largos y siempre fríos. El contacto fue breve, pero Abril se estremeció.
Su piel se erizó como si acabara de cruzar una corriente eléctrica.
—Por favor…
La voz de Leonard no tenía la arrogancia de otras veces. Ni la precisión clínica con la que solía despedazar argumentos. Era… humana. Casi rota.
Abril tragó saliva, sintiendo cómo algo se desmoronaba dentro de ella.
—Me quedaré —dijo finalmente—.