El sábado amaneció con una luz gris que se filtraba a través de las ventanas del apartamento de Enzo, donde Viktor había permanecido toda la noche frente a múltiples pantallas, sus dedos moviéndose con precisión quirúrgica sobre el teclado. La tensión acumulada durante días había cristalizado en este momento crucial: finalmente había conseguido rastrear la señal telefónica que los llevaría hasta Isabella.
—La tengo —anunció Viktor con su característico tono monocorde, aunque una nota de satisfac