El viernes amaneció con una serenidad inquietante, como si la ciudad hubiera decidido contener el aliento antes de la tormenta que se avecinaba. Valeria se encontraba en su taller, rodeada de metros de seda y encaje que parecían susurrar secretos mientras las primeras luces del alba se filtraban a través de los ventanales. Sus manos trabajaban con una precisión que rayaba en lo obsesivo, cada puntada una declaración de guerra silenciosa contra el destino que la había llevado hasta este momento.