El jueves amaneció con una claridad que contrastaba brutalmente con la oscuridad que había envuelto las últimas horas. Valeria se encontraba en el pasillo del Hospital Clínico San Carlos, observando a través del cristal de la unidad de cuidados intensivos donde Carmen permanecía conectada a múltiples monitores. Los pitidos constantes de las máquinas creaban una sinfonía mecánica que parecía marcar el compás de su propia respiración entrecortada.
—La operación fue exitosa —le había informado el c