Mundo ficciónIniciar sesiónLa mano de Enzo se extendió hacia la tela de seda que Valeria sostenía, sus dedos rozando los de ella en un contacto que duró apenas un segundo pero que pareció quemar la piel. Ella retiró la mano bruscamente, como si el tejido hubiera cobrado vida propia.
—Perdona —murmuró él, sin sonar arrepentido en absoluto—. Quería sentir la calidad.
Valeria tragó saliva, obligándose a mantener la compostura mientras observaba cómo los dedos de Enzo acariciaban la seda con una delicadeza que resultaba casi obscena. Había algo hipnótico en la manera en que sus manos se movían sobre el material, deslizándose con una seguridad que hablaba de experiencia en tocar cosas hermosas.
—Es seda de Charmeuse —logró decir, su voz sonando más ronca de lo que pretendía—. Diecinueve mommes. La mejor calidad que puedes encontrar fuera de Italia.
—¿Fuera de Italia? —Enzo alzó una ceja, sus ojos verdes encontrando los de ella con una intensidad que la hizo retroceder medio paso—. Interesante elección de palabras.
—Los proveedores italianos son los mejores —admitió Valeria, cruzándose de brazos en un gesto defensivo—. Pero también los más caros. Y complicados de conseguir sin los contactos adecuados.
Enzo dejó caer la tela sobre la mesa de trabajo, el movimiento tan casual que parecía estudiado. Se acercó a ella con pasos medidos, reduciendo el espacio entre ambos hasta que Valeria pudo contar las motas doradas en sus iris verdes.
—Yo tengo esos contactos —dijo él, su voz bajando una octava—. Fábricas familiares en Como que han estado produciendo las mejores sedas durante generaciones. Podría presentarte.
—¿Y qué querrías a cambio? —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, cargadas de una insinuación que la hizo sonrojarse.
La sonrisa de Enzo fue lenta, devastadora.
—¿Qué crees que querría?
El silencio que siguió fue denso, eléctrico. Valeria sintió cómo el calor se extendía por su cuello, traicionándola. El botón superior de su blusa había cedido en algún momento de la mañana, revelando más de lo que había planeado. Vio cómo los ojos de Enzo descendían brevemente hacia ese espacio de piel expuesta antes de regresar a su rostro.
—Un acuerdo comercial justo —continuó él, aunque su tono sugería que estaba hablando de algo completamente diferente—. Acceso a los mejores materiales. Quizás... un viaje para conocer las instalaciones.
—¿Un viaje? —Valeria retrocedió otro paso, chocando contra la mesa de trabajo. Las tijeras tintinearon con el impacto.
—A Italia —confirmó Enzo, avanzando para eliminar la distancia que ella había creado—. Como, específicamente. Tres días, máximo cuatro. Conocerías a los dueños de las fábricas, verías el proceso completo. Seleccionarías personalmente los tejidos para tu colección.
Era una oferta demasiado buena. Valeria lo sabía, y por la expresión de Enzo, él también lo sabía. Los proveedores italianos no abrían sus puertas a diseñadores emergentes, no sin referencias impecables o sumas obscenas de dinero. Y aquí estaba Enzo Costa, ofreciéndole exactamente eso en bandeja de plata.
—¿Cuándo? —preguntó, odiándose por el temblor en su voz.
—La próxima semana. —Enzo se apoyó contra la mesa, tan cerca ahora que Valeria podía sentir el calor emanando de su cuerpo—. Tengo reuniones en Milán el martes. Podríamos extender el viaje, hacer una parada en Como.
Podríamos. La palabra resonó en su mente con todas sus implicaciones. Tres días en Italia. Con Enzo Costa. Lejos de Madrid, de su taller, de cualquier cosa que pudiera servir como ancla a la realidad.
—No sé si es buena idea —murmuró Valeria, aunque su cuerpo decía lo contrario, inclinándose imperceptiblemente hacia él.
—¿Por qué no?
Porque eres peligroso, quiso decir. Porque me miras como si fuera algo que quisieras devorar. Porque llevo tres días sin poder dormir pensando en tus manos sobre mi piel.
La puerta del taller se abrió con un chirrido salvador.
—¡Traje café! —La voz alegre de Lucía cortó la tensión como un cuchillo—. Y esos pasteles de crema que te gustan, Val.
Valeria casi sollozó de alivio mientras Lucía entraba cargando una bandeja, completamente ajena al momento que acababa de interrumpir. Enzo se apartó de la mesa con una gracia felina, su expresión neutra excepto por ese brillo divertido en sus ojos que sugería que sabía exactamente lo que había estado a punto de pasar.
—Lucía, ¿verdad? —dijo él, regalándole una de esas sonrisas que probablemente había perfeccionado frente al espejo—. Qué oportuna.
—Siempre lo soy —respondió Lucía con alegría, depositando la bandeja sobre la única superficie libre—. Valeria se olvida de comer cuando está trabajando. Alguien tiene que cuidarla.
—Qué afortunada —murmuró Enzo, sus ojos fijos en Valeria—. Tener a alguien que se preocupa tanto.
Valeria aceptó la taza de café que Lucía le ofrecía, usando el momento para recomponer su respiración. El líquido caliente le quemó la lengua, pero fue un dolor bienvenido, algo en qué concentrarse que no fueran los ojos verdes de Enzo Costa.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Lucía, mirando entre ambos con curiosidad mal disimulada.
—Nada importante —respondió Valeria demasiado rápido—. Solo estábamos discutiendo... proveedores.
—Proveedores —repitió Enzo, probando la palabra como si fuera algo exquisito—. Entre otras cosas.
Lucía frunció el ceño, claramente confundida por la tensión que saturaba el aire, pero tuvo el buen juicio de no comentar nada. En su lugar, señaló los pasteles.
—Deberían comer algo. Los dos lucen como si necesitaran azúcar.
—Qué observadora —dijo Enzo, pero sus ojos nunca dejaron a Valeria mientras tomaba uno de los pasteles—. Aunque debo admitir que tengo hambre de algo completamente diferente.
El doble sentido fue tan obvio que Valeria casi se atragantó con su café. Lucía, bendita Lucía inocente, simplemente sonrió.
—Bueno, hay suficientes pasteles para todos. —Se giró hacia Valeria—. Ah, casi lo olvido. Llamó Daniela. Dice que necesita hablar contigo sobre... ¿qué era? Algo sobre una tarjeta que dejó.
Valeria sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. Daniela. La tarjeta. Todo lo que había estado intentando no pensar durante los últimos días.
—Gracias, Lucía —logró decir—. La llamaré después.
—¿Daniela? —preguntó Enzo, su tono casual pero sus ojos demasiado astutos—. ¿Una amiga?
—Una... conocida —respondió Valeria, eligiendo sus palabras con cuidado—. Nada importante.
La mentira sabía amarga en su lengua. Daniela era todo menos no importante. Pero no era algo que pudiera discutir con Enzo Costa, no cuando apenas lo conocía, no cuando su propio mundo ya se sentía lo suficientemente complicado.
Lucía miró su reloj.
—Dios, se me hace tarde. Tengo que ir al almacén a recoger esos botones que pediste. —Le lanzó una mirada significativa a Valeria—. ¿Estarás bien aquí? ¿Sola?
La pregunta cargaba más peso del que parecía. Valeria captó la preocupación velada en los ojos de su asistente, la manera en que su mirada se deslizó hacia Enzo con algo parecido a la cautela.
—Estaré perfectamente —aseguró Valeria, aunque no estaba segura de creerlo ella misma.
—Yo me aseguraré de que esté bien —añadió Enzo, y el tono protector en su voz hizo que algo se retorciera en el estómago de Valeria.
Lucía asintió lentamente, claramente no convencida pero sin autoridad para objetar. Recogió su bolso y se dirigió hacia la puerta, deteniéndose en el umbral para lanzarle una última mirada de advertencia a Valeria.
—Llámame si me necesitas. Para cualquier cosa.
Y entonces se fue, dejándolos solos nuevamente.
El silencio que descendió sobre el taller fue diferente esta vez. Más pesado. Más cargado de posibilidades. Valeria tomó un sorbo de café, usando el tiempo para organizar sus pensamientos, para reconstruir las defensas que Enzo había estado demoliendo sistemáticamente desde que cruzó la puerta.
—Entonces —dijo Enzo, rompiendo el silencio—, ¿qué me dices sobre Italia?
—No lo sé —admitió Valeria, dejando la taza sobre la mesa—. Es una oferta generosa, pero...
—¿Pero?
—Pero apenas te conozco. —Las palabras salieron más bruscas de lo que pretendía—. No sé nada de ti excepto que tienes dinero y contactos. Eso no es suficiente para...
—¿Para qué? —Enzo se enderezó, acercándose nuevamente—. ¿Para confiar en mí? ¿Para aceptar ayuda? ¿O para admitir que hay algo entre nosotros que no tiene nada que ver con negocios?
Valeria retrocedió instintivamente, pero ya no había espacio. Su espalda chocó contra la pared, y de repente Enzo estaba allí, tan cerca que podía contar cada una de sus pestañas oscuras.
—No hay nada entre nosotros —mintió, odiando cómo su voz temblaba.
—¿No? —La mano de Enzo se alzó, sus dedos rozando apenas el borde de su mandíbula—. Entonces, ¿por qué tu pulso se acelera cuando me acerco? ¿Por qué tus pupilas se dilatan cuando te miro? ¿Por qué ese botón de tu blusa ha estado abierto toda la mañana y no has hecho nada por cerrarlo?
Los dedos de Valeria volaron hacia el botón traicionero, pero Enzo capturó su mano a medio camino, entrelazando sus dedos con una familiaridad que la dejó sin aliento.
—Déjalo —murmuró él, su voz tan baja que era casi un ronroneo—. Me gusta verte así. Despeinada. Nerviosa. Real.
—Enzo... —Su nombre salió como una súplica, aunque no estaba segura de qué estaba pidiendo.
—Dime que no sientes esto —susurró él, inclinándose hasta que sus labios casi rozaban su oído—. Dime que no has pensado en mí desde que salí de aquí la otra noche. Dime que no te preguntas cómo sería si dejáramos de fingir que esto es solo negocios.
Valeria cerró los ojos, intentando bloquear la sensación de su aliento cálido contra su piel, el aroma a colonia cara y algo más oscuro, más primario.
—No puedo —admitió finalmente, las palabras arrancadas de algún lugar profundo—. No puedo decirte eso.
Sintió más que vio la sonrisa de Enzo.
—Bien. Porque estaría mintiendo si dijera que no he pensado en nada más que en ti durante los últimos tres días. —Su mano libre se deslizó hacia su cintura, aplicando la presión más leve—. Me estás volviendo loco, Valeria. Cada vez que cierro los ojos te veo. Cada conversación de negocios se convierte en una excusa para escuchar tu voz. Es... problemático.
—Problemático —repitió ella, abriendo los ojos para encontrarse con los de él, tan cerca que podía ver las motas doradas en el verde—. Ese es precisamente el problema.
—¿Cuál?
—Que esto... —gesticuló vagamente entre ambos—, sea lo que sea, es una distracción. Tengo una colección que terminar, un negocio que construir, una reputación que proteger. No puedo permitirme...
—¿Sentir? —La voz de Enzo se endureció ligeramente—. ¿Es eso lo que vas a decir? ¿Que no puedes permitirte sentir?
—No puedo permitirme complicaciones —corrigió Valeria, aunque ambos sabían que era lo mismo—. Y tú eres la definición de complicado.
—Quizás. —Enzo retrocedió un paso, creando espacio entre ellos que se sintió como una pérdida física—. Pero al menos soy honesto sobre lo que quiero. ¿Puedes decir lo mismo?
La pregunta flotó en el aire como un desafío. Valeria quiso mentir, quiso decir que no sabía de qué estaba hablando, que esto era solo una transacción comercial que se había salido ligeramente de control. Pero las palabras se negaron a salir.
—Pensé que sí —dijo finalmente—. Pensé que sabía exactamente lo que quería. Mi taller, mi independencia, mi nombre separado de la sombra de mi padre. Pero entonces apareciste tú y...
—¿Y?
—Y ahora no estoy segura de nada.
La admisión la dejó vulnerable, expuesta de una manera que no había experimentado en años. Desde Franco. Desde la traición que la había convertido en esta versión de sí misma, cautelosa y blindada.
Enzo la observó durante un largo momento, algo parecido a la comprensión suavizando sus rasgos.
—¿Sabes qué creo? —dijo finalmente—. Creo que tienes miedo. No de mí, sino de lo que represento. La posibilidad de que tal vez, solo tal vez, no tengas que hacer todo sola. Que alguien pueda verte, la verdadera tú, y no salir corriendo.
—No me conoces —protestó Valeria débilmente.
—No. Todavía no. —Enzo se acercó nuevamente, pero esta vez no la acorraló. En su lugar, tomó su mano con una gentileza que contrastaba con la intensidad de momentos antes—. Pero me gustaría. Conocerte, quiero decir. Más allá de las reuniones de negocios y las conversaciones sobre tejidos. Quiero saber qué te hace reír. Qué te mantiene despierta por las noches. Por qué a veces te miro y veo sombras en tus ojos que no deberían estar ahí.
—Enzo...
—Ven a Italia conmigo. —Su pulgar trazaba círculos en el dorso de su mano—. No como inversora y diseñadora. Solo como Valeria y Enzo. Tres días para decidir si esto vale la pena o si solo son dos personas que se sienten atraídas pero que funcionan mejor separadas.
Era una propuesta peligrosa. Tentadora. Aterradora.
—¿Y si decidimos que no vale la pena? —preguntó Valeria, necesitando conocer todos los ángulos.
—Entonces regresamos a Madrid, firmamos el contrato de inversión si todavía lo quieres, y seguimos con nuestras vidas. Profesionales. Civilizados. —Hizo una pausa—. Miserables, probablemente, pero profesionales.
A pesar de todo, Valeria sonrió.
—Eres imposible.
—Soy honesto. —Enzo le devolvió la sonrisa—. Y estoy increíblemente excitado ahora mismo, lo cual es bastante incómodo considerando que estamos en tu lugar de trabajo.
El rubor que inundó las mejillas de Valeria fue instantáneo y traicionero. Intentó soltar su mano, pero Enzo la retuvo con firmeza.
—No te avergüences —murmuró él—. Me gusta.







