Mundo ficciónIniciar sesiónEl taller se había convertido en su refugio.
Valeria lo había descubierto durante aquellos primeros meses después de que su padre falleciera, cuando el silencio de la casa familiar se volvía tan denso que amenazaba con asfixiarla. El espacio que había compartido con Ernesto Hidalgo durante años de aprendizaje se transformó en el único lugar donde podía respirar sin sentir el peso de las expectativas, sin escuchar los susurros de la industria preguntándose si realmente tenía talento propio o si solo era la hija del genio.
Eran las once y media de la noche del jueves cuando escuchó el sonido de la cerradura.
Levantó la vista del boceto que había estado perfeccionando durante las últimas dos horas, su corazón acelerándose con esa mezcla de alarma y adrenalina que solo llegaba cuando algo invadía tu espacio seguro. La puerta principal se abrió con un clic suave, demasiado controlado para ser un intruso común, demasiado confiado para ser alguien que no conociera el código.
Enzo Costa apareció en el umbral como si tuviera todo el derecho del mundo a estar allí.
Vestía diferente a como lo había visto durante el día. Los trajes impecables habían sido reemplazados por unos vaqueros oscuros y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados, las mangas enrolladas hasta los codos revelando antebrazos bronceados. Llevaba una botella en la mano derecha, el cristal capturando la luz tenue del taller de manera que Valeria pudo distinguir el líquido ámbar en su interior.
—¿Cómo entraste? —Las palabras salieron más agudas de lo que pretendía, la sorpresa transformándose rápidamente en indignación.
Enzo cerró la puerta tras de sí con esa misma confianza irritante que parecía definir cada uno de sus movimientos.
—Carmen me dio el código. —Levantó la botella como si eso explicara todo—. Dijo que trabajas demasiado y que alguien necesita recordarte que existen cosas como descansar.
—Carmen no tiene derecho a dar mi código de seguridad a...
—¿A tu inversor? —La sonrisa que curvó sus labios era pura provocación—. Técnicamente, bella, tengo derecho a saber dónde se está desarrollando mi inversión.
Valeria se puso de pie, consciente de que su ropa de trabajo —una blusa de seda color marfil y pantalones de lino— probablemente lucía arrugada después de horas inclinada sobre la mesa de dibujo. Se pasó una mano por el cabello, intentando recuperar algo de compostura.
—Son las once y media de la noche, Enzo.
—Lo sé. —Caminó hacia ella con esos pasos medidos que hacían que cada movimiento pareciera una decisión calculada—. Por eso traje whisky en lugar de café.
La botella que depositó sobre la mesa de trabajo era Macallan de veinticinco años, el tipo de licor que costaba más que el alquiler mensual del taller. Valeria lo observó con una mezcla de fascinación y recelo mientras Enzo buscaba entre sus cosas hasta encontrar dos tazas de café limpias.
—Esto es una violación de límites profesionales —dijo ella, aunque su voz había perdido parte de su filo.
—Los límites profesionales terminan a las seis de la tarde. —Sirvió el whisky en las tazas con una precisión que sugería que había hecho esto antes, en otros talleres, con otras mujeres—. Después de esa hora, solo somos dos personas que trabajan demasiado y duermen muy poco.
Valeria aceptó la taza que le ofrecía, sus dedos rozando los de él en el intercambio. El contacto duró apenas un segundo, pero fue suficiente para que sintiera ese chispazo de electricidad que había estado ignorando durante días.
El whisky quemó su garganta de la manera correcta, suave y cálido, expandiéndose por su pecho como una promesa de cosas que sabía que no debería querer.
—¿Por qué estás realmente aquí? —preguntó después del segundo sorbo, observándolo por encima del borde de la taza.
Enzo se apoyó contra la mesa de trabajo, sus ojos verdes estudiándola con esa intensidad que hacía que se sintiera simultáneamente vista y expuesta.
—Porque reconozco el dolor cuando lo veo. —Su voz había perdido ese tono juguetón, reemplazado por algo más oscuro, más honesto—. Y tú, Valeria Hidalgo, trabajas como si estuvieras huyendo de algo.
Las palabras la golpearon con más fuerza que cualquier acusación directa. Se encontró bajando la taza, sus dedos apretándose alrededor de la cerámica tibia.
—No sabes nada de mí.
—Sé que tu padre murió hace tres años. —Enzo tomó otro sorbo de su whisky, sus ojos nunca dejando los de ella—. Sé que la industria te mira esperando que fracases, que demuestres que todo tu talento vino de él y no de ti. Sé que trabajas hasta pasada la medianoche casi todas las noches porque Carmen lo mencionó. Y sé que cuando hablas de tu trabajo, hay pasión, pero también hay algo más. Desesperación, quizás.
Valeria sintió cómo su respiración se volvía irregular. Nadie le había hablado así desde que su padre murió. Nadie se había atrevido a ver más allá de la fachada profesional que había construido tan cuidadosamente.
—Eso no te da derecho a invadir mi espacio.
—No. —Enzo dejó su taza sobre la mesa y dio un paso hacia ella—. Pero la curiosidad a veces es más fuerte que el sentido común.
—¿Curiosidad sobre qué?
—Sobre quién eres cuando no estás interpretando el papel de la hija perfecta del genio fallecido. —Otro paso—. Sobre qué te hace reír cuando no estás calculando cada palabra que sale de tu boca. Sobre qué pasó para que decidieras que el trabajo era más seguro que las personas.
El cuarto botón de su blusa eligió ese momento exacto para soltarse.
Valeria sintió el tirón de la tela, escuchó el suave clic del botón golpeando el suelo de madera, y supo sin necesidad de mirar que la abertura de su blusa ahora revelaba más de lo que había pretendido. El encaje negro de su sujetador —una de sus propias creaciones— era visible contra la piel pálida.
Los ojos de Enzo bajaron por una fracción de segundo antes de regresar a su rostro, pero ese segundo fue suficiente. La temperatura del taller pareció aumentar diez grados.
—Esto es inapropiado —murmuró Valeria, aunque no hizo ningún movimiento para cubrirse.
—Completamente. —La voz de Enzo había adquirido esa cualidad ronca que ella había escuchado solo una vez antes, en Milán, cuando sus manos habían rozado las de ella sobre la seda—. ¿Quieres que me vaya?
Sí, gritaba la parte racional de su cerebro. Sí, vete antes de que esto se convierta en algo que no podemos deshacer.
—Cuéntame sobre tu dolor —dijo en cambio, sorprendiéndose a sí misma.
Algo cambió en la expresión de Enzo. La máscara del seductor confiado se deslizó apenas lo suficiente para revelar algo más crudo debajo.
—Amé a alguien una vez. —Tomó su taza nuevamente, necesitando algo que hacer con sus manos—. Completamente. Estúpidamente. Del tipo de amor que te hace creer en cosas como el destino y las almas gemelas.
Valeria esperó, sintiendo el peso de las palabras no dichas.
—Murió. —Las dos palabras cayeron entre ellos como piedras en agua quieta—. Accidente de coche. Cinco años el mes pasado. Y desde entonces, he estado... navegando. Invirtiendo en negocios, viajando, llenando el tiempo con cosas que no significan nada porque las cosas que significan algo duelen demasiado.
La honestidad brutal de la confesión la dejó sin palabras. Valeria observó cómo Enzo tomaba otro sorbo de whisky, cómo sus dedos se apretaban alrededor de la taza con una fuerza que hacía que los nudillos se volvieran blancos.
—Lo siento —dijo finalmente, sabiendo que las palabras eran inadecuadas pero sin tener nada mejor que ofrecer.
—No lo sientas. —Enzo dejó la taza y cerró la distancia entre ellos con dos pasos medidos—. Solo... entiende por qué reconozco a alguien que también está huyendo.
Estaba demasiado cerca ahora. Valeria podía oler su colonia —algo caro y especiado que probablemente costaba más que su alquiler mensual— mezclada con el aroma del whisky en su aliento. Podía ver las pequeñas motas doradas en sus ojos verdes, la sombra de barba en su mandíbula, la manera en que su pecho subía y bajaba con cada respiración controlada.
—No estoy huyendo —mintió, su voz apenas un susurro.
—¿No? —Enzo levantó una mano, sus dedos deteniéndose a centímetros de su rostro—. Entonces, ¿por qué cada vez que me acerco, veo pánico en tus ojos? No miedo de mí, sino de lo que podría significar si dejaras que esto... —hizo un gesto entre ellos— ...fuera algo real.
Valeria retrocedió hasta que su espalda chocó contra la mesa de trabajo, los bocetos y telas desperdigándose bajo el impacto. Enzo la siguió, sus manos apoyándose a cada lado de ella sobre la superficie de madera, efectivamente acorralándola.
—No juegues conmigo, Enzo. —Intentó que sonara como una advertencia, pero salió más como una súplica.
—¿Quién dice que estoy jugando? —Su rostro estaba a centímetros del de ella ahora, tan cerca que podía contar cada una de sus pestañas—. Tal vez tú eres mucho más peligrosa de lo que crees, bella mia.
El término cariñoso en italiano la atravesó como electricidad. Nadie la había llamado así antes. Nadie había hecho que una palabra extranjera sonara como una promesa y una amenaza al mismo tiempo.
—¿Peligrosa? —repitió, intentando mantener algo de control sobre la situación que claramente se le estaba escapando de las manos.
—Extremadamente. —Enzo levantó una mano, su dedo índice trazando una línea desde la base de su garganta hasta donde el encaje de su sujetador comenzaba, siguiendo el camino que la blusa abierta había revelado—. Porque haces que quiera cosas que juré que nunca volvería a querer.
El contacto de su piel contra la de ella era fuego líquido. Valeria sintió cómo su respiración se volvía errática, cómo su cuerpo reaccionaba de maneras que su mente le gritaba que ignorara.
—Esto es una mala idea —logró decir, aunque no hizo ningún movimiento para apartarse.
—Las mejores cosas usualmente lo son. —Su dedo continuó su camino descendente, deteniéndose justo donde el encaje encontraba la piel—. Dime que pare y lo haré. Dime que me vaya y nunca volveré a cruzar esa puerta después del horario laboral.
Valeria abrió la boca para decir exactamente eso, para poner fin a esta locura antes de que se convirtiera en algo que no pudieran deshacer. Pero las palabras se atascaron en su garganta cuando sus ojos se encontraron con los de él y vio reflejado allí el mismo anhelo desesperado que sentía creciendo en su propio pecho.
—Yo... —comenzó, sin saber cómo terminar la frase.
El teléfono de Enzo eligió ese momento para sonar.
El sonido estridente cortó la tensión como un cuchillo, arrancándolos a ambos del momento. Enzo maldijo en italiano, su mano retrocediendo mientras buscaba el dispositivo en su bolsillo.
—Cazzo —murmuró, mirando la pantalla—. Es mi oficina en Milán. Problema con uno de los proveedores.
Valeria aprovechó la interrupción para deslizarse lejos de él, poniendo la distancia segura de la mesa entre ellos mientras intentaba recuperar su respiración y su cordura.
—Deberías contestar —dijo, sorprendida de que su voz sonara casi normal.
Enzo la observó durante un largo momento, el teléfono todavía sonando en su mano, como si estuviera calculando si la llamada valía la pena la interrupción. Finalmente, soltó un suspiro que sonaba a frustración pura.
—Esto no ha terminado, Valeria.
—No debería haber comenzado.
—Pero lo hizo. —Contestó el teléfono mientras caminaba hacia la puerta, pero se detuvo en el umbral para mirarla una última vez—. Y ambos sabemos que solo estamos posponiendo lo inevitable.
La puerta se cerró tras él con un clic suave, dejando a Valeria sola en el taller con el whisky caro, el botón perdido en el suelo, y la sensación persistente de que acababa de esquivar una bala que secretamente había querido que la alcanzara.
Se dejó caer en la silla más cercana, sus piernas súbitamente incapaces de sostenerla. El encaje de su sujetador todavía hormigueaba donde los dedos de Enzo lo habían rozado. Su corazón seguía latiendo con esa velocidad que no tenía nada que ver con el miedo y todo que ver con el deseo.
Bella mia.
Las palabras resonaban en su cabeza como una melodía que no podía dejar de tararear.
Valeria miró la botella de Macallan sobre la mesa, todavía medio llena de promesas que sabía que no debería explorar. Pero cuando sirvió otra medida en su taza, sus manos no temblaban por el shock de lo que casi había sucedido.
Temblaban por la anticipación de lo que inevitablemente sucedería la próxima vez.
Porque Enzo tenía razón. Esto no había terminado. Apenas había comenzado.







