El momento después de la abofeteada se congeló como una fotografía, con Franco tocándose la mejilla y esa sonrisa perturbadora todavía en su rostro.
Isabella respiraba con dificultad, su mano todavía temblando en el aire, el ardor de la piel de su padre todavía vibrando en su palma. Había golpeado a hombres armados, había enfrentado criminales en callejones oscuros, había sobrevivido situaciones que habrían quebrado a personas más fuertes. Pero nunca había sentido este tipo de rabia: pura, visce