El amanecer del domingo llegó sin que Valeria hubiera cerrado los ojos.
Había pasado las últimas horas mirando el techo del dormitorio, contando las grietas en el yeso blanco mientras la imagen se repetía una y otra vez en su mente como una película atascada en un solo fotograma: Enzo abrazando a Isabella en la oscuridad de la habitación de invitados, sus cuerpos tan cerca que parecían fundirse en uno solo, la mano de él acariciando el cabello oscuro de ella con una ternura que Valeria no había