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El viaje desde el estudio hasta su casa en las afueras de Madrid normalmente tomaba veinticinco minutos. Valeria lo hizo en diecisiete, con Sebastián, Isabella y Morales siguiéndola en un segundo vehículo que mantenía distancia calculada pero nunca perdía su rastro. Las calles estaban empezando a llenarse con el tráfico matutino, personas ordinarias comenzando días ordinarios, completamente ajenas al hecho de que el mundo de Valeria se había convertido en una pesadilla de la que no podía despert