La pantalla del teléfono iluminaba el rostro de Valeria con un resplandor azulado que contrastaba brutalmente con la oscuridad del coche blindado. El nombre parpadeaba con una insistencia que parecía sincronizarse con los latidos acelerados de su corazón: Carmen.
Sus dedos se cerraron alrededor del dispositivo con una fuerza que amenazaba con romper el cristal. Veinte minutos habían transcurrido desde que había salido del Hospital San Rafael, dejando atrás las revelaciones de Catalina como si fu