La puerta sonó por segunda vez, más insistente ahora, y Valeria sintió cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba con una anticipación que no lograba definir. Enzo ya había alcanzado la entrada, su mano sobre el picaporte mientras verificaba la pantalla del sistema de seguridad integrado en la pared.
Su rostro cambió. No era la expresión de alarma que Valeria había aprendido a reconocer cuando una amenaza real se materializaba, sino algo diferente. Algo más complejo.
—¿Quién es? —preguntó ella, a