La puerta sonó a las once de la noche con una insistencia que no presagiaba nada bueno.
Valeria levantó la vista del portátil donde había estado revisando los últimos correos de la fundación, su cuerpo tensándose automáticamente ante cualquier interrupción a esa hora. Enzo ya se había levantado del sofá, su mano moviéndose instintivamente hacia el teléfono donde tenía en marcación rápida al equipo de seguridad.
—Quédate aquí —murmuró él, caminando hacia la entrada con esa cautela que los últimos