La sala de guerra del Palacio de la Zarzuela había sido transformada en un centro de operaciones que rivalizaba con cualquier instalación militar de élite. Valeria observaba desde el umbral cómo una docena de hombres y mujeres vestidos con uniformes tácticos negros se movían con precisión coreografiada alrededor de una mesa central donde mapas satelitales de Tánger se desplegaban en pantallas holográficas de última generación.
El Comandante Reyes —un hombre de unos cincuenta años con cicatrices