La medianoche había llegado con esa quietud siniestra que solo precedía a las operaciones que cambiarían el curso de las cosas para siempre. Valeria permanecía de pie en la sala de guerra del Palacio de la Zarzuela, sus ojos fijos en los ocho monitores que ocupaban la pared norte del recinto. Cada pantalla mostraba la transmisión en tiempo real desde las cámaras montadas en los cascos de los soldados de fuerzas especiales que en ese preciso instante se aproximaban a la villa de Tánger.
Sebastián