Las contracciones comenzaron como un susurro incómodo en la base de su espalda, tan sutiles que Valeria las confundió inicialmente con el resultado de haber pasado demasiado tiempo sentada en la cubierta. Eran las tres de la tarde del domingo cuando la primera ola de dolor la atravesó con suficiente intensidad como para hacerla jadear, sus manos instintivamente buscando el respaldo de la silla donde había estado observando a Lorenzo jugar con sus camiones de juguete.
Enzo levantó la vista inmedi